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No me gusta el alarmismo con que se viene tratando la cuestión de los exornos florales y los recortes presupuestarios en los últimos dos o tres años. A veces hablamos como si de aquí a unos meses la Semana Santa fuera a tornar en una suerte de obituario, tristérrimo e irreconocible. Y nada más lejos de la realidad. Sin pensármelo mucho me vienen a la cabeza un buen número de cofradías y de pasos que no van a variar un ápice sus exornos habituales. Y otros que lo harán tan levemente que el ojo del espectador no va a ser capaz de percibirlo.

También he leído que algunas hermandades van a destinar el anterior gasto de flores a ayudas sociales en sus parroquias. A mí esto no me parece “recortar” sino sumar, y no me parece “austeridad” sino enriquecimiento. Una Semana Santa, en suma, mucho más coherente y mejor que la de antes. Vamos a llamar a las cosas por su nombre.

En resumen, que ni nuestra celebración se va a deslucir, ni mucho menos los recortes en las flores van a afectar al conjunto de la Semana Santa por igual. Afectará a unos más, a otros menos, y a otros nada. Digámoslo claramente. Y entonces habrá que comenzar a estudiar a quiénes, y por qué. Y analizar cifras como por ejemplo qué porcentaje de su presupuesto total venía dedicando cada hermandad a flores u otros adornos.