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Conforme pasan los años me veo cada vez más cofrade, más cristiano y menos católico, y supongo que así será hasta el día en que me toque visitar el negro valle donde confluyen todos los caminos. Esta bipolaridad se acentúa a pasos de gigante. No me gusta que la Iglesia Católica intente monopolizar todo lo relacionado con la Semana Santa. No me gusta cómo salen a la calle, no me gusta cómo hablan y no me gusta cómo nos miran por encima del hombro. No me gusta que se les trate de autoridad. No me gusta que nos impongan su forma de vivir la religión, una forma que no he compartido y nunca compartiré. Lo grave del asunto, y al tiempo disparador de estas letras, es que tal afirmación podrían suscribirla igual decenas o centenas de miles de cofrades en toda España. Todos lo sabemos.
Hay mucha gente en las cofradías que no comulga con esta Iglesia ni con sus valores, algunos rancios e inaceptables en la época en que vivimos. No comprenden un catecismo arcaico y apolillado. Hay muchos cofrades que no quieren saber nada de condenar la ley del aborto, por decir una. Por eso ni prosperaron ni podrán prosperar nunca iniciativas como la que en 2010 pretendía poner en boca de un colectivo de miles de personas una condena que solo apoyan algunos. Muchos o pocos, pero solo algunos.
Hay muchos cofrades que no quieren saber nada de misas ni de escuchar palabras sagradas. Muchos, entre los que me encuentro, sienten que no pueden apoyar ese tipo de actos si los celebran sacerdotes a los que ni les gusta, ni apoyan ni respetan la religiosidad popular, y tampoco hacen por disimularlo. Gente que no se cansa de poner todas las trabas imaginables a las hermandades, pagando con desaires, gestos y malas contestaciones el trabajo gratuito de los cofrades. Sacerdotes que no encuentran la paciencia, la ayuda o el perdón entre sus santas virtudes. Auténticos profesionales de la zancadilla, están torpedeando la Semana Santa sin que nadie se atreva a decir nada, primero por no meternos en charcos y segundo porque temblamos al llamar a las cosas por su nombre.

Es público y notorio que las cofradías no siempre son bien recibidas en la casa de Dios. Cofrades, colaboradores, directivos, todos con sus nombres y apellidos, humanamente se acuerdan de la genealogía difunta de más de un ministro del Señor, cada cual en distintas circunstancias pero siempre vencidos por la tensión. Tal es el agobio y el desespero que llegan a provocar. A estos no les gusta que la Semana Santa sea un fenómeno de masas. No admiten, desde sus muy estrechos parietales, que una celebración tan apartada de lo religioso (para ser exactos, de su propia y exclusiva definición de religioso) aglutine las emociones de tanta gente, las agite con violencia durante siete días con sus siete noches y las reviente en un estallido bullicioso y magistral, como descorchando una botella centenaria de Krug o cualquiera de las Grande Marques de champagne francés. Existe una evidente contradicción entre el seguimiento de los actos cofrades y el seguimiento de los actos católicos convencionales. ¿Quién explica eso?

No contesten todavía, que vamos a seguir con el baile. ¿Por qué se obliga a todas las cofradías penitenciales a tener la figura, más decorativa que otra cosa, de un director espiritual? Si no saben lo que es porque nunca han visto uno, algo por otra parte nada raro, no se preocupen que aquí se lo explicamos: es un señor que no aparece nunca y cuya ausencia es de continuo disculpada porque siempre se le ha hecho tarde o tiene asuntos más importantes de los que ocuparse. Miren, una hermandad no necesita directores espirituales ni nadie que les ilumine el camino, lo que necesita son tipos con dos cojones que arrimen el hombro cuando toca y se dejen los sudores y parte de su tiempo -y el de su familia- por ir resolviendo las pequeñas cuitas del día a día. Que traducido quiere decir menos formalismos y más trabajo de verdad.
Más: tenemos a bastantes homosexuales que se vuelcan con las hermandades y luego la Iglesia (la institucional, esa que por lo visto hay escribir con mayúscula) les trata poco menos que de apestados, negándoles derechos que sí conceden a personas de otra condición. Ellos en lugar de hostias reciben palmaditas en la espalda. ¿Eso cómo se justifica en el siglo XXI? ¿Se atreven a seguir mirándolos a la cara? ¿Alguien piensa que estos Cofrades (estos sí, con mayúscula merecida) pueden estar integrados de pleno en ese manto doctrinal bajo el cual nos quieren cobijar a todos como borregos? O quizás es que lo de pastorear se refiera justamente a eso.
Punto y aparte merece la escuela de formación cofrade, a la que para empezar creo que le han puesto mal el título. La escuela la impulsa -entre otros, que no quiero quitarle mérito a nadie- el obispo D. Francisco Cerro, uno de los escasos jerarcas que apoya la religiosidad popular con la obra y no con el verbo, cuya figura admiro sin recato. Ser cortés, sin embargo, no quita razones para pensar que en este tema ha arrimado demasiado el ascua a su sardina. Si en esa escuela no se enseña cómo se coloca uno bajo el varal, si no se aprenden 5 o 6 marchas procesionales básicas, si no se aprende la lección de que hay que acudir a los traslados para que las cofradías salgan a la calle, si no se instruye en el arte de la tertulia, si los alumnos no conocen la poderosa responsabilidad que tenemos en el ámbito social y turístico de nuestro Cáceres, entonces una de dos, o se trata de una formación cofrade mutilada, o será otra distinta; no sé cuál, pero cofrade seguro que no. Y a mí me da la impresión de que no es precisamente el sentimiento cofrade el que nos quieren inculcar estos señores. Hay asignaturas que sí, de acuerdo, pero hay otras que yo no me trago. No me las trago porque entiendo que pertenecen, y de hecho se pueden encontrar, a otros ámbitos no necesariamente cofrades… pastoral, diocesano, catequesis, usen el término que prefieran. La Iglesia tiene sus caminos, y ahí están para quien los quiera seguir. Las cofradías, para mí y para muchos, son otra historia. Una historia con una enorme carga identitaria, con rasgos muy característicos y una marcadísima personalidad, demasiado honda, demasiado añeja, demasiado nuestra como para mezclarla con otros ingredientes y parir este insípido salteado. ¿Por qué se acuerdan de nosotros cuando les interesa? ¿Por qué quieren usar la Semana Santa cofradiera como instrumento para sus fines? Días que ni esperan ni sienten ni celebran igual que nosotros… ¿Por qué?
No lo pregunta Mourinho, sino miles de cofrades.
También se viene barajando la obligatoriedad de este ¿título? para poder ser directivo de cualquier cofradía en Cáceres. Esto en verdad me cuesta imaginar que prospere, pero si las hermandades lo aceptan se estarán tirando piedras contra su propio tejado. Es un despropósito. A nadie le son ajenas las fatigas que muchas cofradías pasan para encontrar personas dispuestas a comerse el marrón de ser directivo, algunas hasta con problemas para cubrir con garantías la nómina. Rascando de donde no hay. Poner un requisito, y más un requisito tan peregrino como este, me parece de una torpeza absoluta, una evidencia más de como las altas esferas viven totalmente de espaldas a la realidad cofrade… y es que realidad solo hay una. He valorado estos años el matricularme, por el vicio de aprender, pero si se trata de algo impuesto conmigo desde luego que no cuenten.
Puedo seguir con más ejemplos, pero creo que tenemos suficiente. Este, compañeros, es el padrenuestro de las cofradías penitenciales, un día sí y el otro también. ¿Pretenden así hacernos creer que la Semana Santa navega por sus mismas aguas?
Sabemos que los sectores más conservadores del muestrario cofrade son los que más se hacen oir y de algún modo consiguen identificar al colectivo con una serie de valores que solo son representativos de una pequeña parte. Y hasta cierto punto tiene su explicación: el cofrade de a pie, que es el que en verdad construye la Semana Santa, tiene poca voz y va más a su rollo. No tienen cargos de responsabilidad ni presencia pública, no aparecen en fotos ni en titulares de prensa, no crean opinión… y sin embargo ellos son la Semana Santa, ellos son el 95% de las personas que vemos pasar en un cortejo procesional, y también de las que no vemos pero aportan su granazo de arena durante el resto del año, esa otra Pasión que nos dura once meses a cuyo fin resucitamos en masa para subir a nuestro cielo. 
La realidad de las cofradías, ya es hora de decirlo, es muy distinta de la que nos muestran desde el discurso oficial, un discurso con bastante más alcance del que le correspondería por peso y muestra real. Directivos, hermanos de carga, hermanos de escolta, costaleros, nazarenos, penitentes, priostes, vestidores, hombres, mujeres, homosexuales, delincuentes, progresistas, conservadores, librepensadores, ateos, creyentes, poco creyentes, nada creyentes… todos son COFRADES y concurren en todas o alguna de las circunstancias que he ido exponiendo. La inmensa mayoría no incluye a la doctrina católica entre sus principales inquietudes, y diría que muchos tampoco entre las secundarias. Ni siquiera se sienten representados lo más mínimo por ella, y sin embargo su fe vale lo mismo que la de cualquiera.
¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Por qué nadie se hace preguntas? ¿Asumimos las cosas como son, o vamos a seguir dejando que nos pongan una careta?

Verán, no seré yo quien venga aquí a sentenciar las definiciones de algo que lleva muchos siglos reinventándose. Pero sí me sorprende que ciertas cuestiones nunca sean objeto de un debate nítido ni reciban tratamiento de análisis profundo, más que nada por la cantidad de tinta y de saliva que luego sí gastamos en discutir chusmerías de anecdótico alcance. Las cofradías, y esto no lo busquen en ningún diccionario, son una copa con los amigos, la pasión inexplicable y el orgullo que se desperezan en un chaval de quince años, compartir olores y sudores con un desconocido, un madrugón de ir a por churros, un sordo dolor de pies, un varal traicionero, muleta desencolada y saltarina, una saeta inoportuna, un traslado bajo la lluvia, un arañarse las manos en polvo y astilla, un llegar a casa a las once sin cenar. Eso es vivir la fe desde una perspectiva cofrade, y lo demás puro accesorio.
Por eso, y porque nadie tiene derecho a juzgar ni a ir poniendo notas de buen o mal cofrade, yo digo NO. La disensión no es ningún problema, las cosas no son como nos las quieren pintar. La Semana Santa es un fenómeno multidimensional: no es una fiesta solo para católicos, y no puede jamás aliarse con una ideología ni con unos valores únicos, ni siquiera con una determinada forma de pensar. Le guste o no le guste a quien se ponga por delante. Yo voy más allá y diría que ella en sí misma constituye, por muchos motivos y con sólidas bases, una religión de nuevo cuño: la religión cofrade.