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Nací sin preocupación en los valles profundos. Mi frágil estampa de potrillo pardo no quiso tardar en hacerse silueta altiva, espíritu galopeador contra el viento, crines rematadas en fuego, zancas poderosas, pólvora encabritada. Cruzaba las tierras, lindaba temerario los abismos, los amigos barrancos abrían su boca de nubes y saludaban a mi paso, el pasto gozaba al besar mis herraduras. Yo regía el valle, y caminaba los senderos a mi albedrío. Las especies alzaban la vista en mi presencia. Llamaba al silencio con mi relinchar, y veía en los prados mi reino. Mi hierro era de aquí, y de ningún sitio más.

Un día vinieron a buscarme al corral. Partí sin merecer opinión, y dejé en mi lugar sacos de grano por cuenta de quince meses. Largo fue mi viaje. Ya no galopaba, ya no trotaba libre. Caminé cansado largas jornadas, azotado, atado en corto, famélico. Mis captores eran del mucho palo y del poco pozo, y no bebía más que el agua de la lluvia. Desde mi primer segundo de esclavitud añoré los peñascales, las sierras que atravesé sin más faro que la luna, los riscos por los que solí trepar. Las espigas y las alfombras de verde amanecer ya eran sueños pasados. Quedé solitario en aquella ciénaga, raspando mi piel entre alimañas, espinas y pinchos de cardo. El viento del sur ya no peinaba mis lacias crines de caballo.

Llevaba tres años recluido en aquella pocilga. Recuerdo que aún brillaban las estrellas cuando a palos me sacaron aquella mañana, y entregaron mis riendas a las manos rudas de un centurión. Le noté nervioso mientras subíamos a una loma en la que mataban y torturaban a sus semejantes. Yo fui testigo de aquella barbarie. Aplastaban sus cráneos, retorcían sus miembros, los trituraban como si fueran carnaza para olla vieja. Decían que ningún reo podía morir en el Sabbath, que debían apresurarse y dar muerte a éstos antes de que el sol durmiera.

Mi dueño ajustició con lanza al último hombre malherido. Gayo Cassio le llamaban. Pasado el mediodía, cayó tormenta. El cielo se entoldó de súbito y todos huyeron, aprisa e inseguros. Nunca más volvió a montar mi grupa aquel centurión de la lanza. Se retiró entre balbuceos al campamento. Parecía contrariado, ahogado por un oscuro lazo de sombra. Repetía que sus cataratas se habían curado de repente. El día acabó pronto.

No hubo nada más. Morí de viejo, en cuadras perdidas al norte del país, sin honores ni relinchos. Sin pedirlo ni admitirlo tengo un lugar en la historia. Aquí, desde el cielo de los buenos caballos, contemplo cómo los hombres me hicieron inmortal. Me resucitaron, me esculpieron y me alojaron en establos de oro, de flores y de terciopelos. Me veneran y me tienen como un ídolo, sin haber sido más que un humilde espectador, casual, callado. Igual que todos ellos. Han pasado casi veinte siglos, y ninguno conoce mi nombre.