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Existe un puñado de elementos, unos físicos, otros incorpóreos, otros inclasificables, que con el tiempo han ido desapareciendo del paisaje de nuestra Semana Mayor. Y los hay que pasan injustamente inadvertidos. Hoy quiero fijarme en un compañero de viaje que las generaciones más jóvenes están empezando a olvidar, cuando no directamente a desconocer, pero que hace no tantos años eran parte indisoluble de ese singular tejido socio-procesional tan complicado de definir en cualquier ciudad.

El bordillo cofrade tiene mayor significación de la que pensamos, allá abajo, menudo, hosco, silencioso él. Sin que reparemos en su presencia, actúa como una frontera que delimita el divino tránsito de la cofradía frente al profano mirar del espectador. Se presta como asiento para aliviar las esperas más largas, y nos dice por dónde se puede y por dónde no se puede pasar en tardes de Semana Santa.

Antaño nuestra Semana Santa era muy de bordillos. La cofradía discurría comprimida entre los dos carriles dejando el espacio acerado para las filas de público. Parecían más recogidas, abrigadas, ceñidas a la estrechez sin posibilidad de salirse de su muy bien definido camino. Era aquél un Cáceres más joven, con mucho bordillo pero ausente de bolardos, pivotes o alcantarillas traicioneras. Que no sé qué es peor.

Tal frontera se ha difuminado en numerosas calles. La peatonalización del centro ha ensanchado la superficie útil de algunas vías y ha dejado tiritando la población de bordillos del centro, hoy en peligro de extinción. En la plaza de San Juan o en la calle San Pedro, cofradías y espectadores hoy se miran de igual a igual y conviven a la misma altura sobre el nivel del mar. Antes no estaba la vieja del periódico, pero teníamos barandillas de color verde coronando los bordillos -pintados de amarillo, no se podía aparcar- que separaban la calle Pintores de la calzada de San Juan. Tras esta barrera de hierros, ocasionalmente vestidos con publicidad del comercio local, se pertrechaban los muchachos para ver las procesiones en primera fila. El mobiliario urbano creaba así una suerte de tribuna, no oficial pero acaso oficiosa, que servía en Semana Santa para que ningún espectador alocado osara cruzar hacia el espacio reservado para la cofradía. Los bordillos definían con rotunda exactitud cuál debía ser la ubicación del público: donde había bordillo no hacían falta vallas ni sillas ni cintitas de colores. ¡Si hasta la calle Ancha tenía el suyo!

Plaza de San Juan en los años 70

Plaza de San Juan, década de los 70.

Situémonos al otro lado de la barrera. Para el sufrido hermano de carga, aquellos bordillos eran pétreos y taimados obstáculos que no siempre sabían lidiarse con destreza. Bordillos problemáticos eran los de la calle Sergio Sánchez, sobre todo en la confluencia con la plaza del Doctor Durán; los de la calle Pizarro llegando a la Soledad; y en alguna ocasión también los de la calle Donoso Cortés, especialmente en la subida hacia Pizarro. Nadie que esté debajo de un paso debe subirse a un bordillo, jamás, pero la regla no escrita nos la saltábamos no pocas veces, ante la ausencia de convenio y el exceso de improvisación. En caso de duda, el cargador ágil de entendederas podía sortear el envite con decoro permaneciendo en la calzada, pero golpeando la horquilla encima del bordillo. La maniobra, que todavía puede verse en nuestras calles -cada vez menos-, queda extraña vista desde fuera, pero no deja de ser un recurso útil.

Calle San Pedro (Cáceres)

Calle de San Pedro, año 1985.

Fotografía extraída del blog caceresenelpasado

¿Y qué me dicen de los bordillos de la Plaza Mayor? Hablo de la plaza de los 70 y de los 80, la plaza de los coches y la de los rollos que se te clavaban en el pie. No la de la bandejina ni la cosa esta de ahora que para mí no es plaza sino patio. Sobre aquella plaza añeja, en la linde de los soportales, el bordillo del acerado se elevaba justo después de que el piso buscara una ancha hendidura para dar escape al agua hacia las tragaderas cuando llovía. Esto conformaba una doble trampa para el hermano de carga, cuyo campo de visión no alcanzaba este ángulo y por tanto debía guiarse por la intuición, por la experiencia, o las más de las veces por el grito del que tenía delante. Por escasos centímetros, uno lo mismo podía tropezar con el bordillo que dejar el pie bailando sobre el aire sin encontrar aquello que unos pasos antes era el suelo. Aunque ojo, no menos trampa era la costumbre de encarar este desnivel con los pasos en diagonal y no de frente, como si tuviésemos miedo de no saber frenar y meter un día al Cristo en la cocinilla del Puchero – cuando el Puchero era el Puchero. Antes de empezar a subir Pintores, al tiempo que se esquivaba la copa de aquellos arbolillos -luego también desaparecidos-, tenías a medio varal derecho subido al bordillo, el otro medio colgado, alguno de la cabeza empezando a subirse y la mayoría del varal izquierdo sin enterarse de lo que estaba pasando. ¡Cosas de nuestra Semana Santa! Los bordillos, en suma, ponían a prueba el desempeño del hermano de carga, y de algún modo también lo hacían digno de su oficio.

Ya no hay bordillos como los de antes. El día que arreglen la calle de Zapatería nos quedaremos sin batallitas que llevarnos a la boca, y este artículo quedará definitivamente anclado como vestigio arqueológico, memoria de una estampa que no regresará. ¿O sí?

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