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El pasado domingo, 18 de noviembre, El Periódico Extremadura tuvo a bien dedicar una de sus páginas al libro Semana Santa de Cáceres: los años perdidos (1970-1986), publicado en julio de este año. Quedo muy agradecido, tanto al periódico como a Lola Luceño, por el interés y la difusión.
El artículo, mitad reportaje mitad entrevista, se titula Los años más oscuros de la Pasión cacereña:

Año 1976. Miércoles Santo. En el templo de San Juan hierve la incertidumbre. ¿Habrá hermanos para sacar los dos pasos? ¿Procesionará solo la Esperanza? Son tiempos aciagos para las cofradías cacereñas, no hay participación, no hay hombros, y a ello se une ese miércoles un contratiempo fatal: El Real Madrid de Amancio y Santillana juega la semifinal de la Copa de Europa contra el Bayern de Münich de Beckenbauer. Nueve de la noche. Al final salen las dos tallas con poca gente y mucha fatiga. El Madrid pierde por dos trallazos del torpedo Muller. Al menos la Pasión se libra de una derrota.

Este es uno de los muchos episodios tristes que se vivieron en los años más oscuros de las procesiones cacereña, cuando parecía casi milagroso que muchos pasos salieran a la calle con los cofrades mínimos. Así lo recoge al detalle el libro ‘Semana Santa de Cáceres: los años perdidos (1970-1986)’ , un trabajo de investigación de José María Avila, vinculado a las hermandades desde la niñez. Su buceo por hemerotecas y bibliotecas ha permitido documentar una época de la que nada se había escrito de forma genérica para ilustrar las carencias que pudieron dar al traste con la celebración, paradójicamente hoy declarada de Interés Internacional.

Fueron los años tristes del movimiento cofrade. Por ejemplo, una fotografía (anexa) muestra el cortejo oficial del Santo Entierro pasando en 1977 entre los coches aparcados en la plaza Mayor (ni siquiera se había retirado) y por un itinerario casi sin definir. De hecho, hasta la hora de salida de las procesiones no se sabía si habría hermanos suficientes. “Las cofradías encaran esta década aquejadas sin excepción por la enfermedad de la penuria, no tanto económica como de recursos humanos y compromiso de sus asociados”, relata José María Avila, cuyo libro ya se ha editado y está en la calle.

¿Por qué llegó el declive? No hubo una sola razón. El autor, ingeniero informático perteneciente a seis cofradías, analiza todas las procesiones año tras año a través de la prensa regional, de documentos particulares de cofrades y de viejos cuadernillos de la Comisión Pro-Semana Santa. Concluye que fueron varios los factores que, unidos, incidieron en esta situación. Uno de ellos, el rechazo que flotaba en el aire hacia las expresiones religiosas durante la Transición, ya que se estaba superando una dictadura que, entre otras cosas, había asociado la religión al régimen.

También se notó la emigración de los cacereños en busca de trabajo, que se llevó a un buen porcentaje de cofrades. “Incluso incidió la fiebre del Seat 600, ya que las familias comenzaron a tener coche para marcharse al campo o al pueblo, y los cuatro días de Semana Santa eran una ocasión excepcional”, explica José María Avila. Todo ello minó la afluencia de hermanos a las procesiones. “Al haber menos seguimiento, descendió el apoyo, la promoción, las ayudas… Fueron años realmente malos”, señala el autor.

Por entonces existían 7 cofradías de las 16 actuales: Ramos, Batallas, Nazareno, Vera Cruz, Humilladero, Estudiantes y Santo Entierro. Sacaban 11 procesiones con una veintena de pasos (hoy suman 23 comitivas con más de 40 tallas). Pero en 1975, y fruto de este panorama poco alentador, dejó de salir la hermandad de Las Batallas, que permaneció una década inactiva.

Pasos y tallas

Por supuesto, tampoco hubo nuevos pasos, más bien alguno se quedó en los templos por su mal estado y la poca afluencia de hermanos en general, como el Beso de Judas, una de las composiciones más características de la Pasión cacereña. “Las tallas salían con dificultades, con dudas hasta el último momento. Las directivas no sabían cuántas imágenes iban a sacar o si habría que acortar el recorrido. Los apoyos eran tan justos que cualquier cuestión como la lluvia o un partido ponía en tela de juicio las procesiones”, relata.

El Cristo de los Estudiantes llegó a salir con 14 hermanos de carga, y la Oración del Huerto con 18. La Esperanza, de más de una tonelada de peso, cubría el turno como podía. La procesión del Encuentro se celebraba unos años sí y otros no dependiendo del clima o el empuje de la directiva. “A veces salió gracias al apoyo de los alumnos del colegio San Francisco”, recuerda Avila.

El ornato también se perdió en esta época. Las túnicas, en muchos casos descuidadas, valían para cualquier procesión con tal de que llegaran hombros dispuestos. De modo que bajo un paso avanzaban hábitos nazarenos, granates, rojos, negros… Hasta la Comisión Pro-Semana Santa dejó de existir en 1979 y los pregones se suprimieron. Eso sí, como era y sigue siendo costumbre, el público formaba hileras al paso de las procesiones aunque no participasen.

Todo comenzó a cambiar en los años 80, cuando se incorporaron a las hermandades jóvenes sin prejuicios que entendieron que la Semana Santa era ante todo y sobre todo historia y patrimonio de los cacereños. Dieron consistencia y realce a las procesiones, que comenzaron a recibir títulos distintivos: primero Interés Turístico Regional, luego Nacional y finalmente Internacional en 2011, el mayor reconocimiento que ostentan celebraciones como las Fallas, el Rocío o la Pasión de Sevilla y Valladolid.